28 DE ABRIL DE 2017 |
Espectáculos

El Mercosur y la Unión Europea (UE) exploran en estos días una nueva ruta que los lleve definitivamente al acuerdo comercial que persiguen hace casi dos décadas, y lo hacen exhibiendo una voluntad política pocas veces vista desde entonces.

Por Jorge Argüello

Pero como le ocurrió a Cristóbal Colón al unir a los dos continentes, en su caso gracias a los vientos alisios, los frutos de esa navegación dependen primero de las “condiciones atmosféricas”. Y si fuesen propicias, queda todavía determinar con precisión a qué puerto se pretende llegar.

La metáfora vale para las negociaciones Mercosur-UE, relanzadas tras la última reunión de cancilleres del bloque en Buenos Aires, en el contexto de un clima alterado por las amenazas proteccionistas de Estados Unidos y otros factores asociados.

Y cabe una anécdota personal. Hace 13 años, en 2004, presidía la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados de la Nación, cuando el entonces representante de la UE en Argentina, el griego Angelo Pankratis, me solicitó una reunión urgente, “ante la inminencia del comienzo de la negociación UE-Mercosur”.

A la mañana siguiente iniciamos una ronda de consultas con legisladores, funcionarios y embajadores de los países miembros de la UE y el Mercosur. El tiempo fue pasando y pasando… Y así transcurrieron 14 años sin definiciones, hasta hoy.

Hoy, como entonces, no basta la voluntad política, es preciso también contar con condiciones atmosféricas propicias y una buena brújula.

“El acuerdo esta mas cerca que núnca”, resumió días atrás el Presidente del gobierno español, Mariano Rajoy y sus colegas del Mercosur reafirmaron la voluntad política de corresponder ese renovado interés europeo, y la apuesta por un bloque “dinámico, abierto al mundo”, que retome la senda de crecimiento y desarrollo esquiva durante los últimos años.

El envío por parte de la Unión Europea de una misión negociadora a Buenos Aires, en marzo, confirma que si bien el Brexit y la llegada del proteccionista Donald J. Trump a la Casa Blanca presagian nuevas barreras comerciales, otra parte del mundo planifica abrir nuevas rutas y tender nuevos puentes.

Pero como hemos explicado otras veces, el Mercosur y América Latina en general deben considerar estas oportunidades con mucho cuidado. Las ventajas de ampliar el intercambio comercial con grandes bloques no pueden terminar neutralizadas o, peor, minimizadas por las concesiones que deban realizarse. El precio de ganar nuevos socios no puede consistir en el debilitamiento de nuestra base productiva y empleo nacional.

Aires de cambio

Lo cierto es que la nueva política comercial proclamada por Donald Trump sólo profundiza una tendencia incipiente de la principal economía del mundo que exhibe, hasta hoy, aranceles comerciales promedio bajos (9%, según la OMM), pero que desde la crisis de 2008 adoptó más de un millar de medidas discriminatorias frente a la producción de sus competidores, incluyendo rescates y subsidios.

El agresivo discurso proteccionista de Trump (“comprar lo nuestro, emplear a los nuestros”) se tradujo en la retirada estadounidense del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP), que habría de reunir el 30% del comercio global, y en la suspensión de las negociaciones de otro muy similar con la Unión Europea (el Transatlántico para el Comercio y la Inversión o TTIP).

Aunque sigue siendo un enigma si Trump llegará tan lejos como amenazó respecto de China y México, la sola idea de imponer aranceles a sus productos se funde en una “tormenta perfecta” con el Brexit en desarrollo y el crecimiento de partidos anti europeístas en la UE.

Otro factor determinante de esa nueva atmósfera es China, que es la segunda economía mundial pero cuenta todavía, desde 2001, con las ventajas arancelarias de ser considerada un “país en desarrollo” por la Organización Mundial de Comercio (OMM).

China, que cuadriplica en población a Estados Unidos pero cuyos ingresos per cápita no superan la cuarta parte del norteamericano, confrontó el relato proteccionista de Trump reivindicando el libre comercio, inusual para un gobierno de Pekín hace sólo unos años. Volviendo a Europa, subrayemos que la Unión Europea no ha celebrado un tratado de libre comercio con China…

A buen puerto

La UE atraviesa sus propias conmociones, a tal punto que sus líderes debaten un régimen de “dos velocidades” que permita a Alemania, Francia y otras potencias del bloque avanzar más rápido que el resto de los 28, en este contexto mundial más volátil.

Cuando se firmó el CETA, el premier canadiense, Justin Trudeau, aseguró: “El Tratado es bueno para las pequeñas empresas y para los consumidores, para la clase media y para los trabajadores”. Estaba respondiendo a la inquietud expresada –políticamente- en el voto en contra del CETA de nada menos que un tercio del Parlamento Europeo y más de tres millones de firmas reunidas por los opositores.

Ahora, urgida por la nueva realidad, la Unión Europea puede flexibilizar las exigencias demandadas al Mercosur -sobre todo a instancia de Francia- en el rubro agrícola, pero el bloque deberá seguir atento a otras condiciones que puedan impactar negativamente en nuestros países.

En esa lista se inscriben la regulación de inversiones, capitales y patentes, una flexibilización laboral, normas ambientales y condiciones para las compras gubernamentales, todo en el contexto de la asimetría de fuerzas y posibilidades que persiste entre las grandes corporaciones europeas y el vulnerable tejido productivo de Argentina y el resto de sus socios.

Los 28 países de la UE, con 500 millones de habitantes, representan el 23,8% del PBI global y el 15% del comercio mundial. El Mercosur, que le destina a la UE un tercio de sus exportaciones, ofrece un mercado de 275 millones (el 70% de Sudamérica).

El desafío es mejorar el intercambio sin condenarnos a una economía primaria, agroexportadora y de servicios. Una apertura, si necesaria, no puede ser indiscriminada: ésa es la enseñanza de los 70 y los 90. Y es el temor que vuelve a invadirnos ahora.

Se trata de aumentar la producción regional de valor agregado con nuevas inversiones y nuevos mercados, en lugar de primarizarla, concentrarla o, incluso, extinguirla. A su vez, resulta estratégico privilegiar el mercado laboral, que puede transformarse pero no achicarse.

Cerrar este acuerdo, como ocurre con todos los acuerdos, no es bueno ni malo en sí mismo. Será bueno si se erige en una herramienta de crecimiento simétrico para las dos partes.

Con la voluntad política renovada en ambas márgenes del Atlántico y con una atmósfera global que invita a reconsiderar algunas posturas, nuestros negociadores pueden llegar a buen puerto.

Pero esta vez, a diferencia de Colón, cinco siglos después, es importante que sepamos bien a dónde queremos llegar.

Fuente: Embajada Abierta

24 abril, 2017 - A mis 33 años me di cuenta que ya no podía seguir peleando con mi imagen reflejada en el espejo. Que no entro dentro del estereotipo, que no soy talla S, ni siquiera soy M. Que ya no puedo seguir odiándome, escondiéndome, enojándome por no ser lo que se supone que sea: flaca, sin celulitis, sin pelos, ni una mísera estría, siempre peinada, con el maquillaje sin correr. Acepté que nací para ser real, y no perfecta. Que ser gorda está bien, que estoy sana, que puedo ser linda si me llevo mejor conmigo misma y dejé de necesitar validación externa. Empecé a querer mis cuerpo por fuera de los cánones de belleza “tradicional”.

Por Tatiana Bonetto (*)

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Siempre fui de subir y bajar fácilmente de peso, siempre pude usar la ropa de moda, encajar, gustar, no tenía que contar demasiadas calorías, perdía de peso con sólo proponérmelo un poco. Un día todo eso se terminó. Empecé a aumentar de peso, y comenzó la tortura. Hice dietas dificilísimas, llegué a estar nueve meses sin comer ni un sólo hidrato.Tenía un humor insoportable, pero había bajado de peso. Checked.

Me mudé de ciudad, empecé a tapar sentimientos con comida, cuando estaba bajando de a poco y en un proceso normal, justo entonces quedo embarazada. Me relajé. ¡Y cuánto! El embarazo es esa nube rosa que hace que de verdad nada importe. Empezaron a venir las estrías, los rollos. Nadie me dijo que con la bajada de leche me iba a querer comer personas, vacas o casas. No bajé de peso “a razón de dar pura teta”, yo subí.  Mi uniforme de gorda eran las calzas junto con remeras, camisas y blusas que me “disimularan”. Recibí comentarios de todo tipo; “con lo linda que eras”, “bueno pero no te preocupes sos joven y podés bajar.” Un día volví a mirarme al espejo y negocié. ¿Quiero ser flaca o quiero ser saludable?

Empecé en un grupo de Cormillot. Aprendí a comer. Entendí que en función de mi contextura física JAMÁS iría a ser Pampita, y me ocupé del sobre peso. Acepté. Dejé de negar y renegar. Perdí varios kilos. Catorce para ser exacta. ¿Sigo siendo gorda? Si, la tabla dice que me faltan perder exactamente siete, que entré en una curva en donde los últimos kilos que me faltan bajar son los más rebeldes y ahí me di cuenta: ser gorda es un acto de rebeldía.  La gordura es una paria social. El obeso está estigmatizado. El común cree que “cerrando la boca y aflojando a los postres”, se soluciona todo. Nadie se preocupa por tus valores de sangre, qué comes ni cada cuanto, si escuchás a tu cuerpo, si tenés en cuenta tu ciclo menstrual, nada de eso importa. Lo fundamental siempre es llegar al verano. Hay gente que se pasa la vida tratando de llegar al verano. Si enero me encuentra en este abril, me verá usando bikinis con estampados espectaculares, portando estrías y celulitis que me recuerdan la madre que soy, con tetas un tanto flojas pero que alimentaron un año y ocho meses a mi hija, con una actitud desenfadada y un  me chupa un rollo que opines de mi porque yo sé quién soy . Sé que no soy uniforme, sé que puedo comer saludablemente y cada tres horas, sé que me encanta tomar una que otra cerveza entre amigos y que está bien. Es verdad, mi cuerpo volvió a cambiar, “qué linda que estás”.  ¡Cambió mi percepción de belleza!  Las gordas también somos lindas, somos personas, no somos perfectas y en un mundo small, definitivamente somos subversivas.

Ser gorda, es desentonar. ¡Diferenciate con ganas! Yo ya me cansé de no quererme, no valorarme ya no es una opción. Aceptarme fue un proceso.  Ya no busco halagos ni miradas de aprobación, busco ser libre. Libre de estereotipos, libre de la dictadura de la balanza en 50 kilos.  La vida no se termina si no entrás en un talle de Zara.  ¿Qué cambió además de mi percepción de belleza? Mi actitud. Milito estampados de todo tipo, ya no voy vestida solo de negro, uso ropa ajustada, celebro mis curvas, y de alguna manera esa confianza en mi misma hizo verme a ojos de los demás “más linda”. Lo que verdaderamente me motivó a aceptarme fue tener la responsabilidad de criar a una nena. Estoy batallando con un sin fin de conceptos milenarios, “las nenas calladitas son las más lindas” “qué princesa más hermosa” y miles de etcéteras. No sé si voy a lograr que Luz se ame a si misma tanto como para no dejar que el resto dictamine cómo debe lucir, pero al menos lo voy a intentar. Criar seres humanos seguros de sí mismos y que se quieran pesen lo que pesen es uno de mis objetivos. El día de mañana quiero mirar a mi hija y decirle que ser diferente, es ser hermosa. No quiero ser esa madre que le dice a su hija que si es gorda nadie la va a querer, no quiero criar a una mujer que se sienta avergonzada del cuerpo que tiene, ni que recuerde que le prometí algo si lograba bajar de peso. ¿Eso es un premio? ¡Vaya forma de romperle la psiquis a uno! Cuando mi hija crezca en el colegio no le van a enseñar a quererse, aceptarse y respetarse tal cuál es. A lo sumo le dirán que el bulling está mal y ya.  La agenda de los medios de comunicación suele girar en torno a lo flaca o gorda que luce una celebridad. Por lo general, por no decir SIEMPRE, se trata de una mujer. Este fenómeno tiene un nombre: body shaming, así se le llama a la actitud de hacer comentarios despectivos y humillantes respecto de cómo luce el cuerpo de una persona. Ni siquiera Lady Gaga está libre de ello. En medio de la espectacular performance que realizó en el SuperBowl 2017,  fue noticia por su supuesta gordura.  Afortunadamente la madre de todos los monstruos camina con la frente en alto y simplemente respondió que nadie debería avergonzarse por su cuerpo.  ¡Pero no todo está perdido! La tapa de la revista Harpers Bazar Argentina, en su número de diciembre puso en la portada a una mujer con un estilazo impresionante y que definitivamente rompe con todos los cánones de belleza: la actriz, comediante y conductora radial Bimbo Godoy.  Al respecto de la decisión editorial, Claudia Pasquini su editora general proclamó que la tapa se había transformado en noticia por haber roto con el paradigma de belleza de modelo flaca-fideo.  Palabras textuales de la editora general  quien dijo que no había sido fácil la apuesta, pero que el lema de la revista era apostar a la belleza diversa. ¡Alguien se animó! El hito fue celebrado por actrices, periodistas y colectivos feministas.  Any Body Argentina  es una ONG cuyo propósito es la lucha contra el odio corporal y generar conciencia a través de la realización de diversas campañas. Sin ir más lejos, el 5 de abril en conjunto con la Diputada Nacional Victoria Donda bajo el lema #ElTalleUnicoNoEsElUnicoTalle, presentaron un  proyecto nacional de talles  para que las marcas incluyan un rango mínimo de ocho talles a fin de garantizar la diversidad. ¿Sabías que 7 de cada 10 argentinos les cuesta encontrar ropa que se adapte a su cuerpo? ¡ Esto arrojaron los resultados de la encuesta nacional de talles ! Otra acción destacada fue la del #Modelometro en el marco del festival Lollapalooza en San Isidro, así mediante una una instalación interactiva que representa las proporciones “ideales” de una mujer modelo sirvió para demostrar las diferencia entre los cuerpos diversos en la vida real y este ideal actual impuesto a las mujeres por la sociedad — un ideal que es alcanzable por solo menos que el 5% de la población femenina. La idea era mostrar que los argentin@s venimos ¡en todos los talles!

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Podemos decir que lentamente lo esbelto como patrón exclusivo de belleza, va cambiando. ¿Será que la delgadez va perdiendo su reinado? Prefiero pensar que está ganando la diversidad. El nivel de popularidad y aceptación de famosas XL nos demuestra que la pluralidad comienza a ser un factor más al momento de hablar de moda. Celebrities como Adele, Amy Schummer, Melissa McCarthy, Olivia Spencer, Ashley Graham, Rebel Wilson, por sólo mencionar algunas… Sofía Vergara, Kim Kardashian, Christina Hendricks son denominadas chicas curvy por la sinuosidad de sus curvas. ¿Y las marcas? ¿Cuál es su reacción? ¿Qué hace la industria de la moda al respecto?  ¿Alguien dijo que el código de vestimenta para las que tenemos rollos sólo consiste en andar de negro y con ropa suelta? ¡Esos días quedaron atrás! Las propuestas internacionales bajo el lema de “curvy” contemplan la diversidad de talles. La idea es promover el #bodypositivity. Algunos ejemplos son  Nike con talles hasta 3XL rindiendo culto a “los cuerpos de verdad”.  Amamos la nueva línea de  H&M plus size , y también a la siempre juvenil y canchera For Ever 21, en dónde la marca va más allá creando un canal exclusivamente para promocionar y mostrar su  linea XL en instagram Las marcas van más allá de la pluralidad de talles, buscan desde la gráfica “mostrar” que ser gorda ya no es un tabú y algunas hasta decidieron no retocar mediante la utilización de photoshop a sus modelos. Si vamos a hacer talles para todas seamos verdaderamente inclusivos y no eliminemos lo que hace que un cuerpo sea diverso. ¿Resultado? ¡Mostrar la celulitis! Algo totalmente impensado en la década de los 90′ en donde la regla eran los cuerpos californianos al estilo 90–60–90 o mediados del 2000 en donde cuerpos andróginos, chicas mega flacas y ojerosas ocupaban las portadas.  Eloquii  pateó el tablero cuando dejó de diseñar mallas negras y enterizas con cortes de señora y se animó a más creando  trajes con estampas de en sueño  que destacan la figura, ratificando la decisión de no borrar la piel de naranja en la gráfica.

En nuestro país la top model XL más reconocida se llama Brenda Mato, además tener rollos posee actitud y un estilazo con sello propio, ella es militante de la aceptación del cuerpo y es la cara de marcas que se atreven a hacer ropa para todas. La empecé a seguir por Instagram y gracias a ella descubrí un universo plus size que me representa, que tiene que ver conmigo, con una mujer diversa.

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Me cansé de los comentarios con respecto a mi físico, como si hablar de cuánto pesa una persona fuera un indicador de salubridad. Hay un tema con la gordura que casi nadie contempla, la obesidad es una enfermedad, existe una asociación directa con sobre peso y la estigma de que el obeso es lento, morfón, vago y perezoso. Solamente al que es gordo se le enrostra en la cara una enfermedad. Nos preguntemos sinceramente si nos referimos de la misma forma a una persona que tiene cáncer, Alzheimer, diabetes, parálisis cerebral ¿hablamos igual de quién necesita un órgano para seguir viviendo? No. Esas dolencias tienen buena prensa. Ninguna de las personas que sufra dichos trastornos de salud va a ser objeto de burla. Ser gordo, a diferencia de las demás enfermedades, sí es un insulto.

No importa si bajé de peso, siempre voy a tener una relación complicada con la comida. Forma parte de mi metabolismo, de mi genética. Hoy sané, hoy si me dicen gorda no me siento disminuida ni mucho menos insultada. Muchas veces, en contadas ocasiones se me hizo sentir como si tuviera que pedir perdón por estar excedida de peso. ¿A quién más que a mí debería importarle qué talle soy? ¿Porqué nadie me pregunta por la calidad de los alimentos que ingiero, por los nuevos hábitos alimenticios, por todo lo que hago para que mi metabolismo funcione, cómo me dieron los estudios médicos? Simple. Porque verdaderamente lo único que interesa es remarcar que mi aspecto o el de otra persona gorda no va en la línea de la uniformidad como norma. Nadie reconoce la relación tóxica que podemos tener con la comida, de qué manera podemos tapar sentimientos mediante la ingesta de alimentos. El primer día que entré a Cormillot, me preguntaron cuál era mi objetivo y sin dudar respondí  “controlar la relación que tengo con la comida. No agitarme al moverme. Llegar a un peso saludable aunque no coincida con el peso estéticamente aceptable.”  Todos estos meses y todo el trabajo realizado hasta hoy y que continuará se trata justamente de eso. De aceptar. Soy gorda aunque haya bajado de peso. Sigo siéndolo aunque mi relación con la comida esté medianamente controlada.

Basta de gordofobia. Dejemos de hacer noticiables acontecimientos como la celulitis de Julia Roberts y que se dejara fotografiar “imperfecta”, que Charlie Howard haya sido discriminada en el mundo de la moda por tener talla grande y que sea a partir de esa experiencia lo que la llevó a militar un cuerpo real, aceptando sus estrías y celulitis  “no hay nada de qué avergonzarse, llevo una vida sana, hago ejercicio y aún así tengo celulitis. ¡Que se jodan! Crecí y me hice mayor y entendí que eso forma parte de la normalidad de los cuerpos de las mujeres.”  Desde entonces milita por un cuerpo real en los medios y en la industria de la moda.  No hay dos bandos, no es gordos versus flacos. Al momento de hablar de bodys haming no faltan quienes atacan a modelos o celebridades por estar muy flacas, ¿cuántas veces miraste una foto de una modelo hiper delgada y la mandaste a comer un pancho? Celebridades locales como Agustina Cherry, Calú Rivero, Natalia Oreiro, Brenda Asnicar entre otras, fueron cuestionadas por su imagen poco saludable, ¿el titular de los medios? “preocupación por su extrema delgadez”.  Todos recordamos la tapa de Angelina Jolie cuando fue internada por pesar 35 kilos.  La realidad es que, a los medios no les importa cuando una persona es demasiado flaca, y muy por el contrario, ama “escrachar” a una cuando está relajada, muestra rollos o celulitis. En sus tapas y titulares se habla sin pudor de cuanto subió o bajó tal o cuál y “cómo hizo”. No sean hipócritas amparándose en la excusa de la salud, sabemos que no les importa.

Anorexia, bulimia, obesidad, son todas enfermedades y trastornos alimentarios. En todas lo que no funciona es la relación con la comida y la percepción que tenemos de nuestro cuerpo. Todas las fotos y todas las tapas de quienes han sido juzgadas por gordas o flacas son… ¡MUJERES!

Existe en el imaginario popular una concepción de gordibuena que es un espanto. La gorda es chistosa (las actrices de comedia son las gordas grotescas a menudo haciendo roles ridículos).  En el imaginario social, la chica gordita es fácil, es calentona, es gaucha, se presta para cualquier cosa y está al servicio del otro porque es insegura. Hombres y mujeres somos gordos, pero la gordura en un sistema machista ataca exclusivamente a las mujeres, porque las que fueron hechas para agradar, seducir y gustar somos nosotras.

El mundo nos dice que los gordos no somos personas, somos lisa y llanamente gordos. ¿Saben qué? Tienen razón. Tenemos kilos de más, y sabemos que podemos perderlos, que nos puede costar o no, que nos preocupa o no, pero le peguemos la vuelta a este asunto. Seamos nosotras las encargadas de sacarnos la culpa y abrazar esas curvas sinuosas que nos devuelve el espejo. Nadie va a querernos ni empoderarnos sino lo hacemos nosotras primero, empecemos por alentarnos, mostrar nuestra piel, usar ropa que nos siente, colores y estampados todos los cortes son válidos. Hagamos un bollito con todas esas notas que nos dan consejos y nos ayudan a disimular nuestra panza, culo o caderas y nos las perdamos en alguno de los pliegues de nuestro cuerpo, apreciemos la belleza más allá del talle. ¡Cambiemos el foco! Mueva la carnaza mamasa, don’t hate the shake. ¡Sacudite del negro, baila sin verguenza, dejá de sacarte fotos en primeros planos y decile al mundo que ésta sos vos!

Ah, y cada vez que alguien te insulte, menosprecie, desvalorice, te critique o simplemente te pregunte ¿en cuánto peso estás? ¿en serio te vas a poner eso? ya sabés… ¡Que te chupe un rollo!

(*) Feminista, Publicista, Social Media

Fuente: Diario Digital Femenino

De cara a las elecciones de medio término, opina sobre sobre la estrategia de comunicación del Gobierno el director de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral, Damián Fernández Pedemonte. 

Buenos Aires, martes, 25 de abril - El oficialismo no va a tener problemas para ganar las elecciones intermedias. O mejor dicho, para quedar en la primera minoría: es probable que en octubre no haya ningún vencedor. Esto no se debe a sus logros ni a su estrategia de comunicación política, sino a que el peronismo no ha logrado articular una propuesta ni ha dado aún con un líder renovador.

Pero que Macri pueda ganar la elección de medio término sin mayores problemas no dice nada acerca de la calidad de su comunicación (ni de que vaya a quedar despejado el camino para la segunda parte de su mandato). Más bien, si se demoran los resultados y el rumbo sigue percibiéndose errático, quienes dejarán de apoyar al Gobierno serán no ya los peronistas despechados, sino los que lo votaron en las elecciones presidenciales.

El año pasado se discutió bastante si el Gobierno contaba con una adecuada estrategia de comunicación. En este debate, los críticos y el Gobierno coincidieron en un punto: la comunicación no puede reemplazar la gestión. Los aciertos, decía el Gobierno, son reales, no inventos de la comunicación. Simétricamente, los críticos decían: los errores son de políticas, no de comunicación.

Creo que es una distorsión en la que se incurre cuando se confunde la comunicación gubernamental con el marketing electoral. Hay dos lógicas diversas en la comunicación política que el Gobierno equipara porque sólo conoce una de ellas. Para los asesores del gobierno, todo es marketing. La gran diferencia entre el marketing y la comunicación, sin embargo, es que el primero aparece después de que se toman las decisiones: es el packaging de las medidas, la publicidad de los resultados. La comunicación, en cambio, viene antes: forma parte de la toma de decisión. Si la estrategia no se aclara con la comunicación, no hay estrategia.

Por ejemplo, si el Gobierno hubiera construido escenarios e inoculado a los públicos no tendría que haber sido obligado por la Corte Suprema a convocar a una audiencia pública por el tarifazo ni a dar marcha atrás con el acuerdo con el Correo Argentino. Las direcciones de comunicación de las corporaciones hubieran desaconsejado esos pasos en falso: es raro que los CEO no lo advirtieran. El objetivo de la comunicación política es generar consensos antes. Antes del error y de la retractación.

Eliseo Verón decía que hay dos tipos de campaña: la oficial y la oficiosa. La primera es regulada por el Estado, tiene tiempos, espacios y presupuestos definidos. Es el reino del marketing: todo lo que sabe esta disciplina sobre segmentación de audiencias o posicionamiento de las marcas vale aquí. Pero hay otra campaña, más extensa, de contornos menos precisos y mensajes más indirectos, que es la oficiosa. Está conformada por todas las intervenciones mediáticas de los líderes de los espacios políticos que compiten en las elecciones. Cuando son entrevistados en programas de opinión o talk shows en radio o televisión, cuando realizan declaraciones que se convierten en titulares de la prensa, los políticos están haciendo campaña. Aquí llegan al púb lico sólo si logran entrar en la agenda de los medios o en las conversaciones de las redes sociales. El periodista, el conductor o los usuarios de Twitter son la interfaz entre el político y los ciudadanos. La nota en los medios es más riesgosa para un candidato, pero más creíble que un spot.

La elección presidencial francesa, cuya primera ronda tendrá lugar el domingo, confirma una vez más la fragmentación de la sociedad europea y la imprevisibilidad que hoy domina a la política internacional. Y ello es así por los temas que marcaron la campaña, por el perfil de los candidatos y por la incertidumbre sobre el resultado final. Estamos, sin lugar a dudas, ante uno de los más importantes acontecimientos de 2017.

Por Jorge Argüello

De hecho, el alcance de esta elección va mucho más allá de las fronteras francesas. En primero lugar, porque puede interferir en el equilibrio interno del proyecto europeo. La respuesta de Bruselas al Brexit, la consistencia del eje franco-alemán y, por lo tanto, el proprio futuro de la Unión Europea dependen en gran medida de la agenda del sucesor de François Hollande. Es que Francia es parte, como ningún otro país, del norte y del sur del viejo continente.

Por otro lado, el próximo jefe de Estado francés jugará un rol central en la reconfiguración de la relación europea con el presidente Donald Trump. Nunca está de más recordar que la desconfianza hacia los Estados Unidos forma una de las piedras angulares del pensamiento del fundador de esta V República francesa, Charles de Gaulle, que ha influido en las generaciones siguientes, como quedó evidente en la firme oposición de Jacques Chirac a la invasión de Irak en 2003.

Asimismo, Francia, una potencia nuclear con poder de veto en las Naciones Unidas, mantiene intereses estratégicos y canales de comunicación privilegiados con algunas de las regiones más caóticas del globo. Administró, por ejemplo, Siria desde la caída del Imperio Otomano hasta su independencia en 1946.

La importancia transnacional de las presidenciales francesas también radica en el hecho de que en la campaña estuvieron en discusión cuatro temas cruciales para el futuro concierto (o desconcierto) de las naciones a nivel global.

El primero es la respuesta de las democracias al terrorismo internacional. Francia vive en estado de emergencia desde los ataques de noviembre de 2015 y en ninguna de las principales capitales europeas la presencia militar es hoy tan notable como en las avenidas de París.

Estas elecciones también pondrán a prueba la tolerancia religiosa en Europa. Van a medir la capacidad de diálogo de occidente hacia el Islam, en un momento en que Turquía parece haber dado definitivamente la espalda a la Unión Europea.

En la decisión final de los votantes también pesarán las soluciones presentadas por los candidatos para bajar una peligrosa tasa de desempleo de dos dígitos, un tema muy sensible entre los jóvenes y directamente relacionado con la ortodoxia presupuestaria de la zona euro.

Por ende, están aún confrontadas dos visiones opuestas de Europa y del mundo. Por un lado, el euroescepticismo abiertamente racista e indigno de La Marsellesa. Por otro, varias propuestas europeístas, aunque bastante diferentes en su grado de entusiasmo.

Ha quedado atrás el tiempo en que las presidenciales francesas se decidían en el centro político, entre dos candidatos moderados fuertemente apoyados por sus partidos. El fin del viejo bipartidismo europeo es una realidad en Grecia, España, Holanda y ahora también lo será en Francia.

Hoy solo existen dos certezas: que, por primera vez en la historia moderna, el presidente en ejercicio no es candidato y que su sucesor será elegido en ballotage el próximo 7 de mayo.

En el mundo de las encuestas, el predecible y el improbable pasaron a sentarse en la misma mesa tras los resultados del referéndum británico y de la elección norteamericana. De tal manera que, en la víspera de la apertura de las urnas en Francia, pocos se aventuran a apostar sobre quien llegará a la segunda vuelta.

De todos modos, este juego parece utilizar una baraja de cuatro palos. Caminando de la izquierda hacia la derecha, encontramos en primer lugar a Jean-Luc Mélenchon, un veterano que abandonó el Partido Socialista durante la última crisis financiera para crear su propio movimiento político y que en esta elección tiene el apoyo comunista. Resulta fácil identificarlo en su posicionamiento de candidato anti-sistema, en sus habilidades oratorias y en la popularidad de que goza entre los jóvenes, paralelismos con Bernie Sanders y Pablo Iglesias.

Tenemos también Emmanuel Macron, prácticamente un desconocido hasta hace poco tiempo, que con 39 años se podría convertir en el presidente más joven de la historia de Francia. Fue ministro de Economía de Hollande, pero supo desvincularse a su debido tiempo de la impopularidad del actual presidente. Macron se define “ni de izquierdas ni de derechas” para así atraer tradicionales votantes socialistas y incluso republicanos que esta vez no se reconocen en el candidato oficial del partido. Es ese el secreto de su meteórica ascensión. Favorable a una futura mutualización de la deuda de la zona euro, Macron es el más europeísta de los candidatos al Elíseo.

La derecha parecía tener el candidato destinado a ser el 25º presidente francés. Sin embargo, la condición de favorito de François Fillon rápidamente se desvaneció ante el proceso en que es sospechado de uso privado de fondos públicos. La lealtad del electorado conservador parece haber ayudado a la inesperada supervivencia del candidato que el periódico Le Nouvel Observateur comparó a Margaret Thatcher.

Hay aún lugar para Marine Le Pen, la eurodiputada antieuropea que prometió, en caso de ser elegida, realizar durante los primeros seis meses de mandato un referéndum sobre la permanencia de Francia en la Unión Europea. De la eurofobia a la xenofobia, del antisemitismo al nacionalismo económico, Le Pen logra defender prácticamente todo lo que un país progresista e inclusivo sólo aspira a superar. En este sentido, su eventual victoria podría representar un golpe fatal para el proyecto europeo.

Terminó el debate, llegó la hora de votar. La lógica, según me explicó hace unos días un diplomático francés, es bastante simple: “En la primera vuelta votamos a quien efectivamente queremos en el Elíseo, en el ballotage votamos contra el candidato que rechazamos ver en el Elíseo”.

Fuente: Fundación Embajada Abierta

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