12 DE DICIEMBRE DE 2017 |

El Mercosur y la Unión Europea (UE) exploran en estos días una nueva ruta que los lleve definitivamente al acuerdo comercial que persiguen hace casi dos décadas, y lo hacen exhibiendo una voluntad política pocas veces vista desde entonces.

Por Jorge Argüello

Pero como le ocurrió a Cristóbal Colón al unir a los dos continentes, en su caso gracias a los vientos alisios, los frutos de esa navegación dependen primero de las “condiciones atmosféricas”. Y si fuesen propicias, queda todavía determinar con precisión a qué puerto se pretende llegar.

La metáfora vale para las negociaciones Mercosur-UE, relanzadas tras la última reunión de cancilleres del bloque en Buenos Aires, en el contexto de un clima alterado por las amenazas proteccionistas de Estados Unidos y otros factores asociados.

Y cabe una anécdota personal. Hace 13 años, en 2004, presidía la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados de la Nación, cuando el entonces representante de la UE en Argentina, el griego Angelo Pankratis, me solicitó una reunión urgente, “ante la inminencia del comienzo de la negociación UE-Mercosur”.

A la mañana siguiente iniciamos una ronda de consultas con legisladores, funcionarios y embajadores de los países miembros de la UE y el Mercosur. El tiempo fue pasando y pasando… Y así transcurrieron 14 años sin definiciones, hasta hoy.

Hoy, como entonces, no basta la voluntad política, es preciso también contar con condiciones atmosféricas propicias y una buena brújula.

“El acuerdo esta mas cerca que núnca”, resumió días atrás el Presidente del gobierno español, Mariano Rajoy y sus colegas del Mercosur reafirmaron la voluntad política de corresponder ese renovado interés europeo, y la apuesta por un bloque “dinámico, abierto al mundo”, que retome la senda de crecimiento y desarrollo esquiva durante los últimos años.

El envío por parte de la Unión Europea de una misión negociadora a Buenos Aires, en marzo, confirma que si bien el Brexit y la llegada del proteccionista Donald J. Trump a la Casa Blanca presagian nuevas barreras comerciales, otra parte del mundo planifica abrir nuevas rutas y tender nuevos puentes.

Pero como hemos explicado otras veces, el Mercosur y América Latina en general deben considerar estas oportunidades con mucho cuidado. Las ventajas de ampliar el intercambio comercial con grandes bloques no pueden terminar neutralizadas o, peor, minimizadas por las concesiones que deban realizarse. El precio de ganar nuevos socios no puede consistir en el debilitamiento de nuestra base productiva y empleo nacional.

Aires de cambio

Lo cierto es que la nueva política comercial proclamada por Donald Trump sólo profundiza una tendencia incipiente de la principal economía del mundo que exhibe, hasta hoy, aranceles comerciales promedio bajos (9%, según la OMM), pero que desde la crisis de 2008 adoptó más de un millar de medidas discriminatorias frente a la producción de sus competidores, incluyendo rescates y subsidios.

El agresivo discurso proteccionista de Trump (“comprar lo nuestro, emplear a los nuestros”) se tradujo en la retirada estadounidense del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP), que habría de reunir el 30% del comercio global, y en la suspensión de las negociaciones de otro muy similar con la Unión Europea (el Transatlántico para el Comercio y la Inversión o TTIP).

Aunque sigue siendo un enigma si Trump llegará tan lejos como amenazó respecto de China y México, la sola idea de imponer aranceles a sus productos se funde en una “tormenta perfecta” con el Brexit en desarrollo y el crecimiento de partidos anti europeístas en la UE.

Otro factor determinante de esa nueva atmósfera es China, que es la segunda economía mundial pero cuenta todavía, desde 2001, con las ventajas arancelarias de ser considerada un “país en desarrollo” por la Organización Mundial de Comercio (OMM).

China, que cuadriplica en población a Estados Unidos pero cuyos ingresos per cápita no superan la cuarta parte del norteamericano, confrontó el relato proteccionista de Trump reivindicando el libre comercio, inusual para un gobierno de Pekín hace sólo unos años. Volviendo a Europa, subrayemos que la Unión Europea no ha celebrado un tratado de libre comercio con China…

A buen puerto

La UE atraviesa sus propias conmociones, a tal punto que sus líderes debaten un régimen de “dos velocidades” que permita a Alemania, Francia y otras potencias del bloque avanzar más rápido que el resto de los 28, en este contexto mundial más volátil.

Cuando se firmó el CETA, el premier canadiense, Justin Trudeau, aseguró: “El Tratado es bueno para las pequeñas empresas y para los consumidores, para la clase media y para los trabajadores”. Estaba respondiendo a la inquietud expresada –políticamente- en el voto en contra del CETA de nada menos que un tercio del Parlamento Europeo y más de tres millones de firmas reunidas por los opositores.

Ahora, urgida por la nueva realidad, la Unión Europea puede flexibilizar las exigencias demandadas al Mercosur -sobre todo a instancia de Francia- en el rubro agrícola, pero el bloque deberá seguir atento a otras condiciones que puedan impactar negativamente en nuestros países.

En esa lista se inscriben la regulación de inversiones, capitales y patentes, una flexibilización laboral, normas ambientales y condiciones para las compras gubernamentales, todo en el contexto de la asimetría de fuerzas y posibilidades que persiste entre las grandes corporaciones europeas y el vulnerable tejido productivo de Argentina y el resto de sus socios.

Los 28 países de la UE, con 500 millones de habitantes, representan el 23,8% del PBI global y el 15% del comercio mundial. El Mercosur, que le destina a la UE un tercio de sus exportaciones, ofrece un mercado de 275 millones (el 70% de Sudamérica).

El desafío es mejorar el intercambio sin condenarnos a una economía primaria, agroexportadora y de servicios. Una apertura, si necesaria, no puede ser indiscriminada: ésa es la enseñanza de los 70 y los 90. Y es el temor que vuelve a invadirnos ahora.

Se trata de aumentar la producción regional de valor agregado con nuevas inversiones y nuevos mercados, en lugar de primarizarla, concentrarla o, incluso, extinguirla. A su vez, resulta estratégico privilegiar el mercado laboral, que puede transformarse pero no achicarse.

Cerrar este acuerdo, como ocurre con todos los acuerdos, no es bueno ni malo en sí mismo. Será bueno si se erige en una herramienta de crecimiento simétrico para las dos partes.

Con la voluntad política renovada en ambas márgenes del Atlántico y con una atmósfera global que invita a reconsiderar algunas posturas, nuestros negociadores pueden llegar a buen puerto.

Pero esta vez, a diferencia de Colón, cinco siglos después, es importante que sepamos bien a dónde queremos llegar.

Fuente: Embajada Abierta

La elección presidencial francesa, cuya primera ronda tendrá lugar el domingo, confirma una vez más la fragmentación de la sociedad europea y la imprevisibilidad que hoy domina a la política internacional. Y ello es así por los temas que marcaron la campaña, por el perfil de los candidatos y por la incertidumbre sobre el resultado final. Estamos, sin lugar a dudas, ante uno de los más importantes acontecimientos de 2017.

Por Jorge Argüello

De hecho, el alcance de esta elección va mucho más allá de las fronteras francesas. En primero lugar, porque puede interferir en el equilibrio interno del proyecto europeo. La respuesta de Bruselas al Brexit, la consistencia del eje franco-alemán y, por lo tanto, el proprio futuro de la Unión Europea dependen en gran medida de la agenda del sucesor de François Hollande. Es que Francia es parte, como ningún otro país, del norte y del sur del viejo continente.

Por otro lado, el próximo jefe de Estado francés jugará un rol central en la reconfiguración de la relación europea con el presidente Donald Trump. Nunca está de más recordar que la desconfianza hacia los Estados Unidos forma una de las piedras angulares del pensamiento del fundador de esta V República francesa, Charles de Gaulle, que ha influido en las generaciones siguientes, como quedó evidente en la firme oposición de Jacques Chirac a la invasión de Irak en 2003.

Asimismo, Francia, una potencia nuclear con poder de veto en las Naciones Unidas, mantiene intereses estratégicos y canales de comunicación privilegiados con algunas de las regiones más caóticas del globo. Administró, por ejemplo, Siria desde la caída del Imperio Otomano hasta su independencia en 1946.

La importancia transnacional de las presidenciales francesas también radica en el hecho de que en la campaña estuvieron en discusión cuatro temas cruciales para el futuro concierto (o desconcierto) de las naciones a nivel global.

El primero es la respuesta de las democracias al terrorismo internacional. Francia vive en estado de emergencia desde los ataques de noviembre de 2015 y en ninguna de las principales capitales europeas la presencia militar es hoy tan notable como en las avenidas de París.

Estas elecciones también pondrán a prueba la tolerancia religiosa en Europa. Van a medir la capacidad de diálogo de occidente hacia el Islam, en un momento en que Turquía parece haber dado definitivamente la espalda a la Unión Europea.

En la decisión final de los votantes también pesarán las soluciones presentadas por los candidatos para bajar una peligrosa tasa de desempleo de dos dígitos, un tema muy sensible entre los jóvenes y directamente relacionado con la ortodoxia presupuestaria de la zona euro.

Por ende, están aún confrontadas dos visiones opuestas de Europa y del mundo. Por un lado, el euroescepticismo abiertamente racista e indigno de La Marsellesa. Por otro, varias propuestas europeístas, aunque bastante diferentes en su grado de entusiasmo.

Ha quedado atrás el tiempo en que las presidenciales francesas se decidían en el centro político, entre dos candidatos moderados fuertemente apoyados por sus partidos. El fin del viejo bipartidismo europeo es una realidad en Grecia, España, Holanda y ahora también lo será en Francia.

Hoy solo existen dos certezas: que, por primera vez en la historia moderna, el presidente en ejercicio no es candidato y que su sucesor será elegido en ballotage el próximo 7 de mayo.

En el mundo de las encuestas, el predecible y el improbable pasaron a sentarse en la misma mesa tras los resultados del referéndum británico y de la elección norteamericana. De tal manera que, en la víspera de la apertura de las urnas en Francia, pocos se aventuran a apostar sobre quien llegará a la segunda vuelta.

De todos modos, este juego parece utilizar una baraja de cuatro palos. Caminando de la izquierda hacia la derecha, encontramos en primer lugar a Jean-Luc Mélenchon, un veterano que abandonó el Partido Socialista durante la última crisis financiera para crear su propio movimiento político y que en esta elección tiene el apoyo comunista. Resulta fácil identificarlo en su posicionamiento de candidato anti-sistema, en sus habilidades oratorias y en la popularidad de que goza entre los jóvenes, paralelismos con Bernie Sanders y Pablo Iglesias.

Tenemos también Emmanuel Macron, prácticamente un desconocido hasta hace poco tiempo, que con 39 años se podría convertir en el presidente más joven de la historia de Francia. Fue ministro de Economía de Hollande, pero supo desvincularse a su debido tiempo de la impopularidad del actual presidente. Macron se define “ni de izquierdas ni de derechas” para así atraer tradicionales votantes socialistas y incluso republicanos que esta vez no se reconocen en el candidato oficial del partido. Es ese el secreto de su meteórica ascensión. Favorable a una futura mutualización de la deuda de la zona euro, Macron es el más europeísta de los candidatos al Elíseo.

La derecha parecía tener el candidato destinado a ser el 25º presidente francés. Sin embargo, la condición de favorito de François Fillon rápidamente se desvaneció ante el proceso en que es sospechado de uso privado de fondos públicos. La lealtad del electorado conservador parece haber ayudado a la inesperada supervivencia del candidato que el periódico Le Nouvel Observateur comparó a Margaret Thatcher.

Hay aún lugar para Marine Le Pen, la eurodiputada antieuropea que prometió, en caso de ser elegida, realizar durante los primeros seis meses de mandato un referéndum sobre la permanencia de Francia en la Unión Europea. De la eurofobia a la xenofobia, del antisemitismo al nacionalismo económico, Le Pen logra defender prácticamente todo lo que un país progresista e inclusivo sólo aspira a superar. En este sentido, su eventual victoria podría representar un golpe fatal para el proyecto europeo.

Terminó el debate, llegó la hora de votar. La lógica, según me explicó hace unos días un diplomático francés, es bastante simple: “En la primera vuelta votamos a quien efectivamente queremos en el Elíseo, en el ballotage votamos contra el candidato que rechazamos ver en el Elíseo”.

Fuente: Fundación Embajada Abierta

Alberto Fernández acompañado por Héctor Daer, Jorge Argüello, Patricia Vaca Narvaja, Guillermo Olivieri,
Raul Garré, Julio Vitobello,
Carlos Montero y Claudio Ferreño

Con fuertes críticas al gobierno de Mauricio Macri y de Horacio Rodríguez Larreta, Alberto Fernández lanzó su candidatura a diputado nacional, convocando a la dirigencia peronista a realizar una amplia alianza electoral en la Ciudad de Buenos Aires.

El ex Jefe de Gabinete, presentó este sábado en la esquina Homero Manzi, del barrio porteño de Boedo, "Reencuentro Peronista", "con la voluntad de construir una alternativa amplia y plural con los distintos sectores progresistas de la Ciudad de Buenos Aires, que se oponen al modelo excluyente del gobierno nacional".

La Mesa de conducción de Reencuentro Peronista está integrada por Fernández, Patricia Vaca Narvaja, Jorge Argüello, Guillermo Olivieri, Raul Garré, Julio Vitobello, Carlos Montero y Claudio Ferreño, entre otros.

El dirigente se mostró acompañado por el secretario general de la CGT y diputado nacional, Héctor Daer; el diputado Felipe Solá; la diputada del Parlasur Fernanda Gil Lozano; y el coordinador de La Renovadora, Santiago Petre Vera; entre otros.

"La idea es dar inicio a la construcción de la Corriente Amplia por Buenos Aires 'CABA' mediante la elaboración de un documento común que contenga una propuesta superadora que promueva nuevas alternativas", aseguraron desde la agrupación.

 

"No olvidemos que la Ciudad de Buenos Aires puede ser el punto de arranque de la unidad del peronismo de todo el país. Hagamos el esfuerzo. Queremos reencontrarnos con el peronismo para construir un peronismo grande y no uno chico", sostuvo el ex Jefe de Gabinete de Ministros.

Con la aspiración de posicionarse de cara a las elecciones porteñas de 2019, Fernández criticó al jefe de Gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, y aseguró que "vive una realidad distinta a la que vive el resto".

"Si vamos abriendo los ojos de los porteños, nos va a ir muy bien", señaló.

Asimismo, se refirió al exministro de Economía y saliente embajador argentino en Estados Unidos, Martín Lousteau, a quien definió como un "amigo" pero advirtió que detrás de él "está la peor resaca del radicalismo".

"El Gobierno dice que su opositor es alguien que quiere competir en la alianza gobernante. Están actuando sólo para beneficiarse ellos. Detrás de ese embajador, que es mi amigo y lo quiero, está la peor resaca del radicalismo", manifestó el ex jefe de Gabinete.

Y concluyó: "No dejemos que el Gobierno engañe a la gente con que hay un candidato opositor que se llama Martín Lousteau".

Dos caballitos de batalla dominaron la campaña de Donald J. Trump. El de mayor impacto mundial fue su anunciada ofensiva contra los inmigrantes indocumentados, más de once millones de personas en riesgo de ser deportadas. El otro fue combatir a la clase política tradicional que representaba Hillary Clinton, el “establishment de Washington”. Si conectamos ambos, hallaremos una clave de lo que viene en Estados Unidos.

Hubo mucho efectismo en las promesas de Trump: levantar un muro en la frontera con México, cortar las importaciones desde China o abandonar la OTAN. El sistema institucional norteamericano impide que un presidente se siente a gobernar por decreto. La Casa Blanca comparte el poder real con el Congreso y la Corte Suprema. Eso no cambiará en los cuatro años que vienen. El “outsider” que llega para barrer a la “clase política” dependerá de ella.

Ya le pasó Barack Obama, que llegaba para renovar Washington tras la crisis. Sin apoyo republicano en el Congreso, decretó una amnistía para los indocumentados pero varios tribunales la congelaron. La Corte, último recurso, quedó empatada 4-4 entre conservadores y progresistas al fallecer el juez ultraortodoxo Antonin Scalia. Como el Senado rechazó el candidato moderado de Obama para cubrir la vacante, todo quedó en la nada.

Trump no tendrá ese problema. Los republicanos dominan el Congreso y designarán una Corte de mayoría conservadora. Las medidas de la nueva administración tendrán consenso político y legitimidad jurídica, aunque una mayoría social las rechace en las calles. Detrás del “outsider” Trump hay un liderazgo decidido a retrotraer al país a otras épocas.

El trumpismo nunca necesitó programa propio: Trump, una figura sin luces académicas ni experiencia en cargos públicos, sólo tradujo con consignas muy simples las ideas de los sectores ultraconservadores que coparon el Partido Republicano. El estilo mediático e  intolerante del “outsider” se verá muy condicionado por esa guardia republicana. Donde no coincidan sus planes, difícilmente le sirva su prepotencia.

En sus primeros días, el presidente Trump podrá revocar por su cuenta la amnistía a los indocumentados y el resto de las “medidas ejecutivas” de Obama: la prohibición de un gran oleoducto, la normalización de las relaciones con Cuba, control sobre armas y disposiciones sobre empleo y educación.

Por Jorge Argüello

Pero es en el eje Casa Blanca-Congreso-Corte Suprema donde se articulará la ejecución de las ideas extremistas que se vienen amasando desde la revolución conservadora iniciada por Barry Goldwater en 1964, reactivada por el Tea Party en los 2000 y recogida por Trump. Los antecedentes personalistas de Silvio Berlusconi o Vladimir Putin no sirven en este caso.

Del Congreso dependerá el grueso de la gestión de Trump: el fin del Obamacare y un nuevo sistema de salud; otro régimen migratorio; renegociar tratados de libre comercio; imponer aranceles a China; congelar la normalización de la relación con Cuba; deshacer los acuerdos con Irán; levantar las sanciones a Rusia por el conflicto con Ucrania; desconocer el Acuerdo sobre Cambio Climático; rebajar impuestos; recortar fondos sociales e introducir nuevas leyes sobre aborto y género, sobre derechos religiosos y electorales. También el ambicioso gran plan de obras públicas con el que pretende dinamizar la economía ya.

Sobran razones para temer a un personaje imprevisible e intolerante como Trump. Tampoco esta resuelta la interna del Partido Republicano que dejó muchos heridos y sectores influyentes que seguirán despreciando al millonario como un oportunista sin principios. Sólo algunos históricos como el ex alcalde Rudolph Giuliani creyeron en él.

Pero, por ahora, como se ve, Dios seguirá atendiendo en el Capitolio. Y las ideas reaccionarias de estos nuevos conservadores de Washington deberían preocupar tanto como las incógnitas que despierta el nuevo ocupante de la Casa Blanca.

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