24 DE ABRIL DE 2017 |

La elección presidencial francesa, cuya primera ronda tendrá lugar el domingo, confirma una vez más la fragmentación de la sociedad europea y la imprevisibilidad que hoy domina a la política internacional. Y ello es así por los temas que marcaron la campaña, por el perfil de los candidatos y por la incertidumbre sobre el resultado final. Estamos, sin lugar a dudas, ante uno de los más importantes acontecimientos de 2017.

Por Jorge Argüello

De hecho, el alcance de esta elección va mucho más allá de las fronteras francesas. En primero lugar, porque puede interferir en el equilibrio interno del proyecto europeo. La respuesta de Bruselas al Brexit, la consistencia del eje franco-alemán y, por lo tanto, el proprio futuro de la Unión Europea dependen en gran medida de la agenda del sucesor de François Hollande. Es que Francia es parte, como ningún otro país, del norte y del sur del viejo continente.

Por otro lado, el próximo jefe de Estado francés jugará un rol central en la reconfiguración de la relación europea con el presidente Donald Trump. Nunca está de más recordar que la desconfianza hacia los Estados Unidos forma una de las piedras angulares del pensamiento del fundador de esta V República francesa, Charles de Gaulle, que ha influido en las generaciones siguientes, como quedó evidente en la firme oposición de Jacques Chirac a la invasión de Irak en 2003.

Asimismo, Francia, una potencia nuclear con poder de veto en las Naciones Unidas, mantiene intereses estratégicos y canales de comunicación privilegiados con algunas de las regiones más caóticas del globo. Administró, por ejemplo, Siria desde la caída del Imperio Otomano hasta su independencia en 1946.

La importancia transnacional de las presidenciales francesas también radica en el hecho de que en la campaña estuvieron en discusión cuatro temas cruciales para el futuro concierto (o desconcierto) de las naciones a nivel global.

El primero es la respuesta de las democracias al terrorismo internacional. Francia vive en estado de emergencia desde los ataques de noviembre de 2015 y en ninguna de las principales capitales europeas la presencia militar es hoy tan notable como en las avenidas de París.

Estas elecciones también pondrán a prueba la tolerancia religiosa en Europa. Van a medir la capacidad de diálogo de occidente hacia el Islam, en un momento en que Turquía parece haber dado definitivamente la espalda a la Unión Europea.

En la decisión final de los votantes también pesarán las soluciones presentadas por los candidatos para bajar una peligrosa tasa de desempleo de dos dígitos, un tema muy sensible entre los jóvenes y directamente relacionado con la ortodoxia presupuestaria de la zona euro.

Por ende, están aún confrontadas dos visiones opuestas de Europa y del mundo. Por un lado, el euroescepticismo abiertamente racista e indigno de La Marsellesa. Por otro, varias propuestas europeístas, aunque bastante diferentes en su grado de entusiasmo.

Ha quedado atrás el tiempo en que las presidenciales francesas se decidían en el centro político, entre dos candidatos moderados fuertemente apoyados por sus partidos. El fin del viejo bipartidismo europeo es una realidad en Grecia, España, Holanda y ahora también lo será en Francia.

Hoy solo existen dos certezas: que, por primera vez en la historia moderna, el presidente en ejercicio no es candidato y que su sucesor será elegido en ballotage el próximo 7 de mayo.

En el mundo de las encuestas, el predecible y el improbable pasaron a sentarse en la misma mesa tras los resultados del referéndum británico y de la elección norteamericana. De tal manera que, en la víspera de la apertura de las urnas en Francia, pocos se aventuran a apostar sobre quien llegará a la segunda vuelta.

De todos modos, este juego parece utilizar una baraja de cuatro palos. Caminando de la izquierda hacia la derecha, encontramos en primer lugar a Jean-Luc Mélenchon, un veterano que abandonó el Partido Socialista durante la última crisis financiera para crear su propio movimiento político y que en esta elección tiene el apoyo comunista. Resulta fácil identificarlo en su posicionamiento de candidato anti-sistema, en sus habilidades oratorias y en la popularidad de que goza entre los jóvenes, paralelismos con Bernie Sanders y Pablo Iglesias.

Tenemos también Emmanuel Macron, prácticamente un desconocido hasta hace poco tiempo, que con 39 años se podría convertir en el presidente más joven de la historia de Francia. Fue ministro de Economía de Hollande, pero supo desvincularse a su debido tiempo de la impopularidad del actual presidente. Macron se define “ni de izquierdas ni de derechas” para así atraer tradicionales votantes socialistas y incluso republicanos que esta vez no se reconocen en el candidato oficial del partido. Es ese el secreto de su meteórica ascensión. Favorable a una futura mutualización de la deuda de la zona euro, Macron es el más europeísta de los candidatos al Elíseo.

La derecha parecía tener el candidato destinado a ser el 25º presidente francés. Sin embargo, la condición de favorito de François Fillon rápidamente se desvaneció ante el proceso en que es sospechado de uso privado de fondos públicos. La lealtad del electorado conservador parece haber ayudado a la inesperada supervivencia del candidato que el periódico Le Nouvel Observateur comparó a Margaret Thatcher.

Hay aún lugar para Marine Le Pen, la eurodiputada antieuropea que prometió, en caso de ser elegida, realizar durante los primeros seis meses de mandato un referéndum sobre la permanencia de Francia en la Unión Europea. De la eurofobia a la xenofobia, del antisemitismo al nacionalismo económico, Le Pen logra defender prácticamente todo lo que un país progresista e inclusivo sólo aspira a superar. En este sentido, su eventual victoria podría representar un golpe fatal para el proyecto europeo.

Terminó el debate, llegó la hora de votar. La lógica, según me explicó hace unos días un diplomático francés, es bastante simple: “En la primera vuelta votamos a quien efectivamente queremos en el Elíseo, en el ballotage votamos contra el candidato que rechazamos ver en el Elíseo”.

Fuente: Fundación Embajada Abierta

Alberto Fernández acompañado por Héctor Daer, Jorge Argüello, Patricia Vaca Narvaja, Guillermo Olivieri,
Raul Garré, Julio Vitobello,
Carlos Montero y Claudio Ferreño

Con fuertes críticas al gobierno de Mauricio Macri y de Horacio Rodríguez Larreta, Alberto Fernández lanzó su candidatura a diputado nacional, convocando a la dirigencia peronista a realizar una amplia alianza electoral en la Ciudad de Buenos Aires.

El ex Jefe de Gabinete, presentó este sábado en la esquina Homero Manzi, del barrio porteño de Boedo, "Reencuentro Peronista", "con la voluntad de construir una alternativa amplia y plural con los distintos sectores progresistas de la Ciudad de Buenos Aires, que se oponen al modelo excluyente del gobierno nacional".

La Mesa de conducción de Reencuentro Peronista está integrada por Fernández, Patricia Vaca Narvaja, Jorge Argüello, Guillermo Olivieri, Raul Garré, Julio Vitobello, Carlos Montero y Claudio Ferreño, entre otros.

El dirigente se mostró acompañado por el secretario general de la CGT y diputado nacional, Héctor Daer; el diputado Felipe Solá; la diputada del Parlasur Fernanda Gil Lozano; y el coordinador de La Renovadora, Santiago Petre Vera; entre otros.

"La idea es dar inicio a la construcción de la Corriente Amplia por Buenos Aires 'CABA' mediante la elaboración de un documento común que contenga una propuesta superadora que promueva nuevas alternativas", aseguraron desde la agrupación.

 

"No olvidemos que la Ciudad de Buenos Aires puede ser el punto de arranque de la unidad del peronismo de todo el país. Hagamos el esfuerzo. Queremos reencontrarnos con el peronismo para construir un peronismo grande y no uno chico", sostuvo el ex Jefe de Gabinete de Ministros.

Con la aspiración de posicionarse de cara a las elecciones porteñas de 2019, Fernández criticó al jefe de Gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, y aseguró que "vive una realidad distinta a la que vive el resto".

"Si vamos abriendo los ojos de los porteños, nos va a ir muy bien", señaló.

Asimismo, se refirió al exministro de Economía y saliente embajador argentino en Estados Unidos, Martín Lousteau, a quien definió como un "amigo" pero advirtió que detrás de él "está la peor resaca del radicalismo".

"El Gobierno dice que su opositor es alguien que quiere competir en la alianza gobernante. Están actuando sólo para beneficiarse ellos. Detrás de ese embajador, que es mi amigo y lo quiero, está la peor resaca del radicalismo", manifestó el ex jefe de Gabinete.

Y concluyó: "No dejemos que el Gobierno engañe a la gente con que hay un candidato opositor que se llama Martín Lousteau".

Dos caballitos de batalla dominaron la campaña de Donald J. Trump. El de mayor impacto mundial fue su anunciada ofensiva contra los inmigrantes indocumentados, más de once millones de personas en riesgo de ser deportadas. El otro fue combatir a la clase política tradicional que representaba Hillary Clinton, el “establishment de Washington”. Si conectamos ambos, hallaremos una clave de lo que viene en Estados Unidos.

Hubo mucho efectismo en las promesas de Trump: levantar un muro en la frontera con México, cortar las importaciones desde China o abandonar la OTAN. El sistema institucional norteamericano impide que un presidente se siente a gobernar por decreto. La Casa Blanca comparte el poder real con el Congreso y la Corte Suprema. Eso no cambiará en los cuatro años que vienen. El “outsider” que llega para barrer a la “clase política” dependerá de ella.

Ya le pasó Barack Obama, que llegaba para renovar Washington tras la crisis. Sin apoyo republicano en el Congreso, decretó una amnistía para los indocumentados pero varios tribunales la congelaron. La Corte, último recurso, quedó empatada 4-4 entre conservadores y progresistas al fallecer el juez ultraortodoxo Antonin Scalia. Como el Senado rechazó el candidato moderado de Obama para cubrir la vacante, todo quedó en la nada.

Trump no tendrá ese problema. Los republicanos dominan el Congreso y designarán una Corte de mayoría conservadora. Las medidas de la nueva administración tendrán consenso político y legitimidad jurídica, aunque una mayoría social las rechace en las calles. Detrás del “outsider” Trump hay un liderazgo decidido a retrotraer al país a otras épocas.

El trumpismo nunca necesitó programa propio: Trump, una figura sin luces académicas ni experiencia en cargos públicos, sólo tradujo con consignas muy simples las ideas de los sectores ultraconservadores que coparon el Partido Republicano. El estilo mediático e  intolerante del “outsider” se verá muy condicionado por esa guardia republicana. Donde no coincidan sus planes, difícilmente le sirva su prepotencia.

En sus primeros días, el presidente Trump podrá revocar por su cuenta la amnistía a los indocumentados y el resto de las “medidas ejecutivas” de Obama: la prohibición de un gran oleoducto, la normalización de las relaciones con Cuba, control sobre armas y disposiciones sobre empleo y educación.

Por Jorge Argüello

Pero es en el eje Casa Blanca-Congreso-Corte Suprema donde se articulará la ejecución de las ideas extremistas que se vienen amasando desde la revolución conservadora iniciada por Barry Goldwater en 1964, reactivada por el Tea Party en los 2000 y recogida por Trump. Los antecedentes personalistas de Silvio Berlusconi o Vladimir Putin no sirven en este caso.

Del Congreso dependerá el grueso de la gestión de Trump: el fin del Obamacare y un nuevo sistema de salud; otro régimen migratorio; renegociar tratados de libre comercio; imponer aranceles a China; congelar la normalización de la relación con Cuba; deshacer los acuerdos con Irán; levantar las sanciones a Rusia por el conflicto con Ucrania; desconocer el Acuerdo sobre Cambio Climático; rebajar impuestos; recortar fondos sociales e introducir nuevas leyes sobre aborto y género, sobre derechos religiosos y electorales. También el ambicioso gran plan de obras públicas con el que pretende dinamizar la economía ya.

Sobran razones para temer a un personaje imprevisible e intolerante como Trump. Tampoco esta resuelta la interna del Partido Republicano que dejó muchos heridos y sectores influyentes que seguirán despreciando al millonario como un oportunista sin principios. Sólo algunos históricos como el ex alcalde Rudolph Giuliani creyeron en él.

Pero, por ahora, como se ve, Dios seguirá atendiendo en el Capitolio. Y las ideas reaccionarias de estos nuevos conservadores de Washington deberían preocupar tanto como las incógnitas que despierta el nuevo ocupante de la Casa Blanca.

El embajador argentino ante la ONU, Jorge Argüello, brindó una disertación sobre la “Cuestión Malvinas” este jueves 13 de octubre en la Universidad Autónoma de México.

La actividad fue convocada por el Grupo Mexicano de Solidaridad con las Islas Malvinas, el cual se conformó a partir de una iniciativa de la Embajadora Patricia Vaca Narvaja, encomendada por la Presidenta Cristina Fernández, quien tuvo oportunidad de reunirse en ocasión de la visita de la primera mandataria a México durante el mes de mayo pasado.

El Grupo Mexicano de Solidaridad con las Islas Malvinas, está integrado por el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), José Narro Robles; el presidente del Colegio de México (COLMEX), Javier Garcíadiego; el ex canciller mexicano, Jorge Castañeda Gutman; la senadora y ex canciller, Rosario Green Macías; y el ex canciller Fernando Solana. Este Comité se constituyó a principios de año con el fin de brindar apoyo a nivel regional a la causa por el reclamo de soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes.

El embajador Argüello realizó un recorrido histórico acerca de la disputa entre la Argentina y Gran Bretaña sobre la soberanía de las Islas. Luego agregó “Estamos hoy en una situación global de crisis económica y financiera, que afecta enormemente la calidad de vida en Gran Bretaña. Hace poco fuimos testigos de la violencia callejera en todas las ciudades de Gran Bretaña perpetrada ante la frustración de la juventud y otros sectores sociales al ver como el gobierno inglés actual recorta la asistencia social, la educación y la salud de los ciudadanos. Asimismo, las medidas de austeridad empujan el desempleo y la falta de contención social.”

En relación con la población de las Islas Malvinas resaltó: “Allí, en las Islas, nada de esto se produce: Inglaterra sabe muy bien que recortar el presupuesto de asistencia social y de empleo en las islas, en forma acorde con lo que está haciendo con sus otros ciudadanos, llevaría a que los mismos emigraran a la Argentina o a América del Sur, donde lo opuesto está ocurriendo.”

Para finalizar su exposición, el Embajador hizo hincapié en los reiterados esfuerzos de Argentina para que ambas partes puedan sentarse a negociar en el marco de la Organización de las Naciones Unidas.

La Embajadora Vaca Narvaja comenzó su exposición agradeciendo la cordialidad por parte de la UNAM para recibir a los representantes argentinos y ser anfitriones, junto con el Grupo Mexicano de Solidaridad con las Islas Malvinas. Al mismo tiempo, afirmó que “la Cuestión Malvinas no es solamente una causa argentina sino de toda América Latina y también de la comunidad internacional”.

Los integrantes del Grupo Mexicano de Solidaridad con Malvinas Fernando Solana, Javier Garciadiego y el Dr. Narro manifestaron su compromiso de apoyo incondicional al reclamo de soberanía argentina. En este sentido, el Dr. Narro Robles destacó que las naciones más poderosas, haciendo caso omiso de las resoluciones de las Naciones Unidas “viven la paradoja de estar en el siglo XXI, dando continuidad a las conductas del siglo XIX”.

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